lunes, 7 de junio de 2010

Like A Child Again

You make me happy and I hope you feel the same.
You make me feel just like a child, child again...

Axel Rudi Pell, Like A Child Again

martes, 8 de diciembre de 2009

‘Desde la República de la Conciencia’, de Seamus Heaney

I
Cuando aterricé en la república de la conciencia y los motores se callaron, era tal el silencio que pude escuchar el canto de un pájaro por encima de la pista. El funcionario de inmigración, un hombre viejo, extrajo una billetera de su abrigo tejido a mano para mostrarme una fotografía de mi abuelo. La mujer de la aduana me hizo declarar las palabras de nuestros tradicionales rezos contra el mal de ojo y de nuestros remedios para la mudez. No hubo ningún portero. Ningún intérprete. Ni un taxi. Uno llevaba su propio bulto y muy pronto desaparecían los síntomas del recién adquirido privilegio.

II
Allá la neblina es un agüero temido, mas los rayos anuncian la bonanza universal y los padres, durante la tempestad, cuelgan a sus infantes en los árboles. Su mineral precioso es la sal. Y ponen conchas marinas contra el oído a la hora de los nacimientos y de los entierros.Todos los pigmentos y tintas tienen por base el agua del mar. Su símbolo sagrado es una barca estilizada. La vela es una oreja y una pluma inclinada, el mástil. El casco tiene forma de boca, la quilla es un ojo abierto. Al asumir sus cargos, los funcionarios públicos deben jurar su defensa de la ley no escrita, llorar de vergüenza por atreverse a ocupar sus puestos y afirmar su convicción de que la vida nació de sal en las lágrimas derramadas por el Dios-del-cielo cuando soñó que su soledad era infinita.

III
Regresé de aquella república frugal con los dos brazos de igual tamaño, pues la aduanera insistía que uno mismo representa el límite de los recursos permitidos. El viejo se levantó, me miró a la cara y declaró que en eso consistía el reconocimiento oficial de que ahora disfrutaba de la doble nacionalidad. Quiso por lo tanto que yo, al llegar a casa, me considerara un representante de ellos y que, usando mi propia lengua, hablara en su nombre. Tenían embajadas, dijo, en todas partes, pero que cada una operaba independiente y ningún embajador sería retirado jamás.

jueves, 3 de septiembre de 2009

María, silenciosamente

María, silenciosamente, se echó a llorar delante de las nueve mujeres que estaban en la sala. "Hay días que pasan sin que llegue a hablar con nadie", sollozó tras un interminable minuto.

A las vecinas de la anciana les estremecieron las lágrimas. En realidad, no les resultaba una historia diferente a las suyas, porque muchas vivían solas. Pero María era bastante más mayor que el resto y, gracias a ella, las demás podían intuir cómo serían sus últimos años.

Felisa rompió el silencio. "Tienes que salir, María. Nadie va a ir a verte a casa. Escucha, hay días que también a mí me parecen interminables porque no tengo contacto con nadie. ¿Y sabes lo que hago? Miro por la ventana a ver cuando sale Julian de casa y aprovecho para sacar la basura y encontrármelo. Así charlamos un rato. Incluso hay días que saco varias bolsas a diferentes horas por si hubiese alguien en la huerta".

Para Esther estas confesiones no eran nuevas. Llevaba años trabajando con mujeres mayores del entorno rural y sabía que la soledad era un mal muy generalizado. De hecho, los talleres de verano eran el acontecimiento social del año para estas vecinas y, cuando se acababan, las alumnas contaban los días para que volviese el buen tiempo y, con él, la joven y sus clases.

Normalmente, las reuniones eran divertidas. Pero aquel día estaban hablando de cómo evitar accidentes en el hogar y Esther fue clara cuando llegó el famoso tema de descolgar las cortinas. "Tenéis que aprender a pedir ayuda a vuestros hijos". Fue entonces cuando María, silenciosamente, se echo a llorar.

lunes, 31 de agosto de 2009

La televisión no va a venir

"La televisión no va a venir para ver cómo hacéis una jornada de talleres medioambientales", le dijo Raquel mientras agitaba los restos de café de su taza. Después levantó la mirada y, antes de salir por la puerta, sentenció. "Piénsalo. Si, en lugar de eso, tiráseis un animal en peligro de extinción desde un campanario, quizás...". Susana se quedó pensativa en la sala, fantaseando con lo rápido que cambiaría algún alcalde las tradiciones por salir en medios nacionales.

Cuando despertó de sus ensoñaciones, se sorprendió observando a través de la ventana la frondosa ladera en la que acertaron a construir su oficina. Y se dió cuenta poco a poco de que, cuando necesitaba agua, iba al manantial. De que, cuando tenía que hablar con algún compañero, se acercaba a alguna de las casitas que el pueblo cedía a los Servicios Sociales. Y de que, para llegar a ellos, debía cruzar las vías del tren y un puente de piedra escondido entre árboles.

Le vino a la mente entonces lo afortunada que era por desempeñar su labor tratando esos temas, en ese entorno y con esos compañeros. Sí, es cierto que en el valle había periodistas que querían ser políticos y políticos que querían ser periodistas, pero debía convivir con ellos también. Susana había aprendido el truco para mantenerlos a raya. Se trataba, como con todos los animales, de que no oliesen su miedo.

domingo, 30 de agosto de 2009

Como si fuésemos los primeros

Los paraísos no tienen coordenadas preestablecidas. Puedes encontrarlos de pronto donde menos te lo esperas o gastar toda una vida en su busca.

Ayer, no muy lejos del lugar donde nací, descubrimos una playa a medio camino entre un río y el mar. Un alargado pozo verde rodeado de cantos y arena blanca al que llegaban tímidas olas de agua salada. Estaba entre dos montañas escarpadas que robaban el sol de una y otra orilla según avanzaban las horas.

Para llegar tuvimos que descender por un camino pindio y serpenteante, con tramos derrumbados por la lluvia. Era una senda umbría, escondida entre árboles y tomada por un resbaladizo musgo que me obligó a descalzarme para no resbalar. A los pies del acantilado encontramos una línea de zarzas y árboles que nos impidieron ver el arenal hasta que entramos en él.

Llegamos como dos exploradores, entusiasmados por haber terminado el difícil descenso y doblemente satisfechos al encontrar aquel paraje al final del camino.

Es cierto, no estábamos solos. Pero nos sentimos como la vez que tuvimos que cruzar un pozo a nado para ver desde dentro aquella cascada. Puede que nunca seamos los únicos, pero nos vale con vivirlo como si fuésemos los primeros.

martes, 25 de agosto de 2009

Vidas Minadas, por Gervasio Sánchez

"Señoras y señores, aunque sólo tengo un hijo natural, Diego Sánchez, puedo decir que como Martín Luther King, el gran soñador afroamericano asesinado hace 40 años, también tengo otros cuatro hijos víctimas de las minas antipersonas: la mozambiqueña Sofie Elface Fume, a la que ustedes han conocido junto a su hija Alia en la imagen premiada, que concentra todo el dolor de las víctimas, pero también la belleza de la vida y, sobre todo, la incansable lucha por la supervivencia y la dignidad de las víctimas; el camboyano Sokheurm Man, el bosnio Ados Smajic y la pequeña colombiana Mónica Paula Ojeda, que se quedó ciega tras ser víctima de una explosión a los ocho años.

Sí, son mis cuatro hijos adoptivos a los que he visto al borde de la muerte, he visto llorar, gritar de dolor, crecer, enamorarse, tener hijos, llegar a la universidad. Les aseguro que no hay nada más bello en el mundo que ver a una víctima de la guerra perseguir su felicidad.

Es verdad que la guerra funde nuestras mentes y nos roba los sueños, como se dice en la película Cuentos de la luna pálida de Kenji Mizoguchi. Es verdad que las armas que circulan por los campos de batalla suelen fabricarse en países desarrollados como el nuestro, que fue un gran exportador de minas en el pasado y que hoy dedica poco esfuerzo a la ayuda a las víctimas de las minas y al desminado.

Es verdad que todos los gobiernos españoles, desde el inicio de la Transición, encabezados por los presidentes Adolfo Suárez, Leopoldo Calvo Sotelo, Felipe González, José María Aznar y José Luis Rodríguez Zapatero, permitieron y permiten las ventas de armas españolas a países con conflictos internos o guerras abiertas.

Es verdad que en la anterior legislatura se ha duplicado la venta de armas españolas al mismo tiempo que el presidente incidía en su mensaje contra la guerra, y que hoy fabricamos cuatro tipos distintos de bombas de racimo cuyo comportamiento en el terreno es similar al de las minas antipersona. Es verdad que me siento escandalizado cada vez que me topo con armas españolas en los olvidados campos de batalla del tercer mundo, y que me avergüenzo de mis representantes políticos.

Pero como Martin Luther King, me quiero negar a creer que el banco de la justicia está en quiebra, y como él, yo también tengo un sueño: que, por fin, un presidente del gobierno español tenga las agallas suficientes para poner fin al silencioso mercadeo de armas que convierte a nuestro país, nos guste o no, en un exportador de la muerte. Muchas gracias."

Gervasio Sánchez ganó el premio Ortega y Gasset de Fotografía en 2008. Éste es un fragmento del discurso que pronunció al recoger el galardón. Entre el público estaba la vicepresidenta del Gobierno, el presidente del Senado, varios ministros y miembros de la oposición.

Proyecto Vidas Minadas

miércoles, 19 de agosto de 2009

La carta de Dani

La carta de Dani me llegó a la oficina cuando ya no la esperaba. Hacía meses que no sabía de él, aunque podía imaginar que le habían pasado cosas estupendas en ese tiempo. Después de todo, Dani es de esos que no tienen miedo a andar porque saben con certeza que cada paso es positivo.

Junto al texto enviaba fotos, pero me pudo la curiosidad por lo escrito y sólo vi la primera, en la que salía una tarántula. Como encabezado de su carta, un clásico del siempre alagador caballero. "Hace dos días pensé en ti". En las primeras líneas relataba cómo abandonó Alicante y su paso por Amsterdam, dejando para el final la clave de su carta: que estaba en Venezuela cumpliendo una misión. No pude más que sonreír ante lo que parecía un guiño a nuestras conversaciones pasadas, hasta que continué leyendo. "He venido a predicar la palabra de Jesús".

No puedo negar que fue una sorpresa, pero más grata de lo que cualquiera pudiera esperar de una persona como yo. En las palabras que utilizó para explicar su decisión, encontré el calor que sólo algunos cristianos me han sabido transmitir al hablar de su fe. Y reconocí en las últimas frases a una persona que ha descubierto algo grande que le cambiará irremediablemente la vida.

Se despedía avisándome de que estaría incomunicado 10 días porque iba a visitar a una comunidad indígena en la frontera con Brasil, a dos días en autobús y cuatro horas en canoa de donde estaba firmando su carta. "Espero volver a verte algún día", terminaba. Y, en medio de la oficina, no pude contener mi respuesta en voz baja. "Yo también, Dani".