Manolo estaba en Madrid cuando estalló la guerra, pero consiguió volver a su casa antes de que el frente alcanzase el valle.
Tras unos días de incertidumbre y malas noticias, los disparos llegaron a las noches de la campiña. Sonaban en las tierras de pasto, fingiendo querer no ser oídos, cuando en realidad lo que buscaban era sembrar el miedo entre una población muda.
Pronto le tocó el turno a su pueblo y unos hombres llamaron a la puerta de los López preguntando a Alejandra por su hijo. "Vendrá con nosotros", dijo uno de ellos mientras tiraba del brazo de Manolo y lo empujaba a dar los primeros pasos de su paseo nocturno.
La familia no pudo hacer más que llorar con un nudo en el pecho hasta que, horas más tarde, el chico volvió con vida. Manolo se desplomó en los brazos de Alejandra. "No era yo, madre. No me buscaban a mí".
Manuel López, que tenía 18 años, empezó a morir esa noche y su final le llegó dos días después en su propia cama. Era de sobra sabido que volvió sin rasguños, por eso ningún conocido puso en duda jamás que lo que le mató fue el miedo.
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