Le conocí en una clase de inglés para extranjeros de una escuela pública en Reino Unido. Llamó mi atención rápidamente porque a la socorrida pregunta de "¿Cuál era tu profesión en tu país?", él contestó: "Yo era político de la oposición en Rusia". No tardamos en buscarnos en cada ejercicio de conversación. Él me hablaba de Moscú y yo a él de Madrid, y todos los días comprobaba con su móvil de última generación la temperatura de las dos ciudades, intentándo hacerme ver que su país no era el infierno que yo imaginaba.
Me contó cómo salió de Rusia. La primera vez que lo intentó le pararon los servicios secretos antes de coger el avión. Unas semanas más tarde, aprovechando las fiestas de Navidad, huyó a través de Bielorrusia a Ucrania. De Kiev voló a Gatwick y, ya en suelo británico, pidió asilo. Estuvo varios días en el aeropuerto esperando la admisión a trámite y, finalmente, pudo establecerse en Reino Unido. Nunca le pregunté qué le hizo marcharse del país. Él hablaba, en general, de que la policía le había empezado a molestar, pero no entró en detalles.
Cuando me fuí de la ciudad, tenía la certeza de que nunca más le iba a volver a ver. Me permití entonces hacer aquello a lo que me había resistido todos esos meses: tecleé su nombre en un buscador de internet. Y aparecieron su foto y su historia. La que yo sabía y la que no me había querido contar. Resultó ser testigo de un importante caso de asesinato en su país, y parece ser que obtuvo su condición de refugiado tras probar que estaba relacionado con la víctima de otro mediático homicidio que tuvo lugar en Londres unos meses antes de conocernos.
Al ver aquello, me vino a la mente un paseo que dimos por el río poco antes de Navidad, y recuerdo lo inocente que fuí confiando en que él estaba a salvo allí. No solía pensar en él como un exiliado, pero aquel día mientras andábamos tranquilos fuí consciente de que estaba perdida en medio de una multitud de desconocidos con una persona amenazada y que, pese a ello, me sentía segura. Le miré intentando adivinar si él tenía miedo, pero es realmente dificil saber lo qué piensa un moscovita por su expresión. Y ahora recuerdo que, mientras cruzábamos uno de los puentes, bajó la cabeza y me susurró al oído: "Esos son rusos".
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