Las tres de la tarde en Santiago quitan las ganas de hacer cualquier cosa, asique escogimos un banco a la sombra para ver pasar a la gente. No tardamos en encontrar quien nos hablara de las penurias que se pasan en la isla y de lo feliz que es la gente pese a todo. Es el tema estrella entre los buscavidas y, después de más de una semana de viaje, habíamos detectado incluso frases hechas.
"Cuba es música", fue mi preferida. La pronunció aquel santiaguero cuando se sentaron a nuestro lado cuatro amigos, que con una botella de ron habían montado su propia fiesta. Cantaban y reían, ajenos a nuestra conversación y sólo callaron cuando oyeron gritar a una mujer a la vuelta de la esquina.
Como mucha gente, el grupo de hombres echó a correr para ver qué había ocurrido. Nosotros nos quedamos quietos, mientras nuestro acompañante nos explicaba que él había aprendido hacía tiempo que era mejor no meterse en las cosas de los demás. En cuestión de segundos, llegó un coche de policía y se llevó arrestado a un hombre de unos 50 años.
Los curiosos empezaron a dispersarse en el más inquietante silencio y volvieron los borrachos con la cara torcida. Uno de ellos, fuera de sí, nos preguntó de donde éramos. "Españoles", respondí. "¡Pues que sepan en España que en Cuba no hay derechos humanos!". Sus compañeros no podían creer lo que oían, se echaban las manos a la cabeza y le gritaban para que callase, incluso cuando ya habían decidido dejarle solo.
Nuestro timador particular también intentó silenciarle advirtiendo que nos iba a meter en un problema a nosotros, que no teníamos culpa de nada. Pero, entre todo ese revuelo, seguí mirando los ojos enrojecidos del hombre mientras explicaba que el detenido sólo había intervenido para proteger a su hija. Tras decir eso, cedió a la presión de todo el mundo y se perdió por una calle en busca de sus amigos.
"No se puede decir todo lo que uno piensa", nos explicaba el buscavidas entre dientes, condenando la actitud de su compatriota. "Si nos diese por hablar...", y miró a una anciana que escuchaba cabizbaja, en silencio, sentada, sola en el siguiente banco. "¿Verdad, madre?", gritó el joven. La mujer levantó con gesto de cansancio la mirada y asintió con resignación.
Tardamos días en saber qué había ocurrido. No hablábamos de ello porque éramos los perfectos turistas que no se plantean nada más allá de lo que ven, pero la escena cruzaba por mi cabeza siempre que lo que encontrábamos me permitía pensar en otras cosas. Al llegar a La Habana, alguien de confianza nos explicó que a menudo la persona a detener se elige antes de que ocurra nada. Después sólo hay que provocarle.
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